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momiji 紅葉 ·

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En este mundo
encima del infierno
viendo las flores.
¡Ultreia peregrino!
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primeras gotas.
la tierra se oscurece
por un instante
 
un abrazote, maestro.
Jan. 16
una habitacion oscura
una pantalla brillante,
curiosidad
Sept. 25
Mar Orcaswrote:
atento peregrino al canto del cuervo también... :) tal vez haya una primavera y un verano mucho más agradecido que este que ya pasó... un cuervo grazna- y vuelve la mirada para escucharlo.
Sept. 20
Lilywrote:
 
Amo el canto del Quezontle pajaro de cuatrocientas voces.
Amo el color del jade pero mas amo a mi hermano el hombre.
 
Esa sencilles que llevas dentro de esa alma critalina y fina
es la que permite que nuestra amistad se cada vez mas profunda y sin duda divina.
 
 
 
June 1
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mu

El espíritu que acepta la nada posee el encanto del vacío.
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そこはかとない sokohakatonai

 

 

Se hallaron el uno en el otro, y la muerte dejó de darles miedo.

                                             Recopilación general de la era de la paz universal. Li Fang 977

 

Y una rama de chopo hendía el espacio, el aire de la tarde, deshaciéndose en noche. Y entre la hierba, invisible, un grillo cantaba.

Son apenas aire los dedos, tan finos, que rozan el alma tersa de las hojas que mueren doradas en otoño. Que recorren la suave corteza del blanquecino tronco, desnudo, que apunta al cielo. Aire son, apenas nada, las palabras que vienen entre la brisa de la tarde, que son risa en la brisa de esta tarde que se va y se hace noche.

Y un viejo pino aguarda en silencio la bruma de la mañana, para desaparecer, para hacerse nada.

 

Contemplo hoy los tejados que blanquean ligeramente. Esta nieve efímera que no vi caer, que se detuvo aquí esta noche y ahora se va entre la tibieza de mi mirada. Un trino, su gorrión después, y unos pocos saltos justo al borde del alero. Imagino sus huellas diminutas, efímeras como la propia blancura que las sustenta, aquí y allá, como sin dirigirse a un lugar concreto. Una pizca de nieve cae desde el alero. Sin ruido. Casi inmediatamente se hace agua sobre la acera. El gorrión vuela. ¿A dónde?

Y desde el este vendrá, como el sol, a caminar descalza sobre la nieve, a convertir el frío en agua, la luz que se detiene en mis ojos, la voz que, tan tibia, susurra palabras que son risa entre las hojas que caen. Sin miedo.

 

He tocado con la punta de mis dedos este puro instante en el que el primer copo de nieve comienza a caer desde las nubes que pasan. Este instante, tan blanco, en el que mis ojos muy abiertos no saben qué decir. Y esta nieve, tan fina como dedos que acarician, se posa en mi piel, aquí y allá, como diminutas huellas que no se dirigen a ninguna parte. Un copo, y otro, y otro, y ya son agua todos ellos. Agua. Una huella húmeda, fresca. Nada. Ya nada.

Toco mi pelo y la blancura se hace agua sobre mi mano. Sobre mi mano en la que siguen cayendo lánguidamente los copos. Uno, otro, y otro. Mi mano mojada que sostiene pura nada.

 

Aquí, ahora, en el fin del mundo, con el miedo hecho añicos sobre mi mano, siento el roce de tus dedos que tocaron mi alma que moría como una hoja dorada en otoño. En este instante, tan puro, en el que el silencio de tus ojos se posa en mí, y todo mi cuerpo se estremece como pasos descalzos sobre la nieve, y mi yo, y mi mundo, tan blanco, se hace nada en tu mirada. Nada ya.

Ahora, aquí, acaba la tierra en el acantilado mismo de tu voz. La brisa es tu risa, como olas, entre las agujas de un viejo pino, que atraviesan esta noche esperando hacerse nada en la bruma de la mañana. Sin miedo.

Tan sólo en el borde mismo de tu alma hallé yo mi alma, y bastó el sólo roce de uno de tus dedos, tan finos, para hacerme lo que soy, lo que siempre fui.

Tan sutil, tan impreciso… ¿Quién, qué, en mis ojos se hace agua, cristalina, vacía? ¿Qué, quién, palpita tibiamente con un puro destello que se hace nada sobre tu mano?

 

apenas cae

y ya es agua la nieve

sobre mi mano

 

      
                  

日向ぼっこ hinatabokko

 

 

Es casi sin pensar. Casi sin pensar mi dedo que no piensa recorre la arena del suelo y traza casi sin trazar líneas que van y vienen y giran, y giran. Miro. Sí, una línea horizontal que gira hacia arriba, y luego otra, y otra al otro lado, y otra… Líneas que son ramas, ramas que crecen más allá de la arena tibia que surca mi dedo.

Casi sin pensar oigo el murmullo de un río que pasa lánguido bajo las ramas de un abedul que aguarda. Y oigo sin oír sus pequeñas hojas que caen en el agua, casi sin ruido, sin pesar alguno.

 

Extraño este veranillo de San Miguel. Sin vencejos en el cielo y con la tibieza de un sol de otoño. Los vencejos… un día están, otro día no están. Pero nunca se están yendo. Ni siquiera me daba cuenta y ya el cielo se vaciaba de sus sombras y sus gritos, ni siquiera pensaba que el verano se deshacía entre sus alas y aquí el otoño venía con su tibio sol de membrillo.

Tan extraño me siento caminando bajo la sombra de los castaños de indias y sus hojas como manos abiertas. Extiendo mis dedos bajo sus dedos. Mi mano bajo su mano de sombra. Siento su frescor leve sobre mi piel. Miro las hojas que amarillean. Primero las hojas más alejadas del tronco, de las ramas más gruesas, de las más delgadas. Y en cada hoja comienza por los bordes este amarillo que luego será dorado y bronce y luego aire. Extraño este orden preciso de lo que se va. En mi mano el frescor de esta sombra que se va, que ya se está yendo, se siente más intenso.

 

Sin recordar apenas recuerdo las gotas de lluvia que casi no eran lluvia ya, resbalando por estas mismas hojas, quizá por estas mismas, quizá no. Las gotas que fueron nube allí, más allá del verano y su cielo azul, aquella nube, primero la más cercana, que se hizo lluvia y la lluvia gota y la gota aire.

Sin apenas nada tengo aún el olor de aquella lluvia entre mis dedos que tocan el aire tibio de otoño. Y este aire como aquel aire tintinea sin ruido en alguna parte de mí que aguarda en silencio, sin pesar alguno.  


  gotas de lluvia,

se derrama el silencio

bajo el paraguas

 


Mi mano sobre la arena. Y sobre mi mano este solecito que se disuelve entre cada célula de mi ser. Mi ser… mi ser tibio y ligero como un vencejo que se va, que ya se está yendo. Mi ser que calla en mi silencio, que tiembla en las hojas que caen sobre el agua que pasa.

Sobre la arena, mi mano tibia… Y qué decir cuando decir es nada. Qué sola mi mano, que no tiene nada, arena, y traza líneas sin trazar apenas, sin querer. Si pudiera sostener mi mano la lluvia, el tiempo que se escurre entre los dedos y cae sobre la hierba, sobre la arena. Ésta arena bajo mi mano, bajo este solecito…

 

“Hazme saber, oh tú a quien ama mi alma, dónde apacientas, donde sesteas al mediodía; pues ¿por qué había de estar yo como errante?”

 

Creía, casi sin creer, pero sí, creía, que yo estaba perdido, y perdidos eran mis pasos que se deshacían bajo la lluvia que no dejaba de caer. Mis pasos perdidos que se hacían arena bajo el viento que no cesaba de soplar. Pero no, ¿verdad? nunca estuve perdido, porque ¿dónde puede perderse lo que está en todas partes? dónde, salvo en el corazón de uno mismo.

Mi corazón… mi tenue corazón que siempre calla, que siempre busca. Sin buscar. Mi pequeño corazón que toma el sol en un veranillo de otoño. El sol tibio que no quema, que no deslumbra.

 

Atardece y la aurora de una luna nueva vacía el cielo de luz poco a poco. Nueva, invisible, la luna que siempre es la misma. Nueva como la noche que amanece, como el mundo que se disuelve ahora en ella. Y mi mirada que ya mira sin mirar, que sólo contempla el leve destello de lo que siempre está comenzando, de lo que siempre es.

Leve es el viento del atardecer que arrastra las hojas muertas, que se lleva mi mirada donde las hojas nacen, siempre, en la tibieza de un sol invisible. ¿Ese es el lugar? ¿Es allí desde donde siempre miran mis ojos?

 

  “Oh alma mía, le dijiste: Tú eres mi señor, no hay para mí bien fuera de ti”

 

Cierro los ojos y el aroma de los pinos y del brezo vuelven a mí como la gota de lluvia volverá a la nube que fue. Que nunca deja de ser. Cierro los ojos y por un momento vuelvo a contemplar aquel río que se hacía noche en la noche. La madreselva se enreda en mi alma como aquella tarde se enredaba entre las zarzamoras y su tacto es suave y ligero como la llovizna que mojaba sus hojas, mis manos. Mis ojos que ya no son ojos aún ven los sauces y los pinos, los serbales y los álamos que se empapaban de fina lluvia junto al río. Y mis dedos tocan todavía la piedra mojada cubierta de líquenes y musgo. Y tiznados con la corteza  blanca de los abedules ya no señalan nada, ya no asen nada, mis dedos…

Leve es el viento… y brillante aquel olor del mundo bajo la suave lluvia que casi no era lluvia. Una llovizna entre el día y la noche, entre el verano y el otoño, junto al río que fluía.

Leves y brillantes las flores de brezo bajo la lluvia y mi silencio contemplando el destello en cada gota detenida más allá de todo… Y qué decir. Qué decir cuando nada hay que decir. Cuando sobre mi mano la lluvia se hace nada y mi corazón silencio, mi mano, mi mano llena que nada retiene y todo lo espera.

Recuerdo bien aquel mi silencio porque una esquila sonó en alguna parte del bosque, un leve tintineo desde lo más profundo de un bosque que cae en la noche. Sin miedo, sin preguntas bajo la fina lluvia.

 

He hablado, pero en vano; porque ¿qué pueden decir las palabras sobre las cosas que no tienen ayer, ni hoy, ni mañana?

                                                                                           Seng Tsán

 

 

Extraño el veranillo de San Miguel. Extraño y ligero como este día que se va, como todos los días y todas noches. La tibieza de la luz del atardecer recorre mi mano y sobre mi piel los últimos rayos de un sol que ya casi no es sol trazan sin trazar líneas que van y vienen y giran, y giran. Y ya sin pensar, sin nada que pensar, sin nada que decir, me dejo caer allí donde habita mi mirada, junto a las pequeñas hojas de abedul, a salvo sobre la corriente que fluye sin ruido, sin pesar.



ni una palabra...

en sus ojos quietos

         el sol de otoño 

 

  



囁き sasayaki III

 

Tirando del hilo. Algo en el dokusan. Intento seguir ese hilo invisible mientras siento como se hace nada entre mis dedos, poco a poco. Y no puedo evitarlo. Sigo ese hilo y de pronto mis manos vacías sostienen nada, y yo estoy solo. Tan solo como el mundo.


Camino despacio buscando ¿qué? De pronto una pequeña ícaro revolotea junto a mí, casi me roza. Y yo extiendo mis dedos sin pensar, como impulsados por un instinto infantil. Y en el aire mis dedos rozan el aire tan sólo. Esas alas en la brisa son casi brisa, que roza sin rozar, que pasa. Miro mi mano que parece decir “hola”, “adiós”. Que por un instante se mantiene así, rozando este momento todavía.

Me acerco sin más, caminando sin pensar, al muro oeste del zendo. La esfinge colibrí de anoche ya no está en la pared.

 

Durante el samu, al salir afuera a sacudir los zabutones oigo un gorjeo en el aire, levanto la cabeza y sí, los abejarucos. Flotan en el aire, no vuelan. Los miro como vienen y van en grupo, alejándose, y sus colores brillantes poco a poco se hacen sombra, y más allá, más lejos, cielo. Vuelvo a mi tarea.

Contemplo una vaina de retama mientras tomo el té tras el samu. Su vello plateado, los pulgones que se aferran a ella, las hormigas diminutas que van y vienen, la luz del sol que se mueve junto con la brisa sobre sus tallos. Miro por primera vez. Acabo de estrenar mis ojos. Pienso en mirar el mundo así, por primera vez siempre. Como un niño que se asombra siempre y no se acostumbra nunca. Ante mis ojos el mundo se muestra como una revelación, como lo que es. Porque es así. Siempre lo veo por primera vez. Pienso, pienso y siento que ya lo estoy perdiendo… Cierro los ojos…

 

En la cena paso la jarra de agua a mi compañero de la izquierda y un rayo de sol da en mi mano. Brilla. Rojiza, blanca. Brilla. Miro hacia la ventana del oeste y siento como mis ojos se llenan de luz de atardecer. Y hasta mi alma llega esa luz. Y atardece.


Paseo junto al estanque. Los escorpiones de agua nadan bajo la superficie cabeza abajo. Viven al otro lado del espejo, en un mundo invertido. Arriba, abajo, dentro, fuera, el cielo y el agua. Ellos, ¿me miran? ¿En qué lado del espejo estamos cada uno?

En el camino dos hormigas enzarzadas luchan y luchan. Solas. Parecen iguales. Parecen la misma criatura que lucha contra sí misma. A veces mueven piedrecillas muy pequeñas, las dos se llenan de polvo al dar vueltas y más vueltas sobre la tierra. En el cielo, la luna creciente.

 

Llegar hasta donde pueda, hasta donde pueda mi cuerpo, mi voluntad, lo que quiera que sea yo. Más allá confiar. Porque no lo puedo todo, porque no puedo creer en poder o no poder sino confiar en lo que va más allá de mis posibilidades. Poseo un grano de mostaza que moverá montañas. Confiar. Y la tranquilidad, la serenidad, por fin llegará a mí. El frescor de un vientecillo matinal recorre mi piel y un rumor lejano llega de alguna parte.

 

Al abrir las contraventanas tras la cena golpeo  una rama del zumaque del jardín. Unas hojas caen al suelo. La tarde es serena, apenas hay brisa.

Paseo. Paso junto a una planta de glicinia. Pienso un instante en Fujitsubo, como un relámpago. Un pequeño relámpago silencioso. Las nubes parecen no moverse en este cielo inmenso. Pero yo sé que se mueven, que de hecho ya se han movido.

Las hormigas trajinan entre la hierba. Me acuclillo junto a ellas. Un leve rumor, tan leve como el oleaje de un mar lejano. Me acerco más y más. Este mar… miles de kilómetros, miles de años… Casi tumbado sobre la hierba escucho los pasos silenciosos de cientos de hormigas. Ni un solo ruido. Apenas un bisbiseo de hoja contra hoja. La hierba, las hormigas, el rumor y su silencio... Enmudezco. No sé qué pensar. Este abismo que me contempla…

 

Un escarabajo camina cerca de mí. Alargo un dedo y toco la suave oscuridad de su cuerpo. Quieto, como fulminado, cae patas arriba. Se hace el muerto. Conozco el truco. Espero. Un poco más. Una pata, otra. Ya resucita y camina como si nada.

Una libélula enorme atraviesa el sendero volando y hace vibrar el aire. Pienso en las ninfas vacías de sí aguardando transparentes en los juncos, sobre la superficie del agua del estanque. Miro la luna, las nubes, el cielo sobre nosotros.

 

Camino entre el espliego con las manos extendidas, rozando las flores con las yemas de mis dedos. Multitud de abejas y abejorros zumban a mi alrededor. Y al menos una docena de esfinges colibrí. Creo que nunca había visto tantas juntas.

Me acerco a la contraventana de madera donde hace unas noches aquella esfinge colibrí descansó junto a mi sueño. Ella no está. No volverá, lo sé. Pero yo volveré a esperarla cada atardecer, lo sé.

En mis dedos, todavía, el aroma del espliego.

 

Esta mañana, esta tarde, y el ocaso. Hoy. Siento que aguardo sin aguardar. Sin saber.

Sentado en seiza sobre el tatami escucho. ¿Quién susurra en este leve viento de una tarde que se va? ¿Quién aguarda con las manos vacías junto a las nubes que pasan?

Recorro lánguidamente con mi dedo las formas caprichosas del tatami. Cuántos pasos silenciosos caminaron antes que yo por él. Cuántas mañanas, tardes, ocasos. Sin pensar mi dedo toca y se demora sobre este tatami que siempre espera los pasos que vendrán. Este tatami que es puro sabi. Suelo sin mancillar, cuidado y ennoblecido con el uso y el tiempo.

 

Durante el samu, en el alfeizar de una ventana, entre la contraventana de madera y los cristales, encuentro una pequeña lagartija, diminuta. Parece muerta. La miro. La recojo en la palma de mi mano. La miro. Una pena inmensa, que no entiendo, que no sé de dónde viene, se diluye como agua por cada rincón de mi cuerpo. Siento esa humedad que me ahoga sin saber. Salgo afuera, a la plena luz del sol de agosto. Mantengo sobre mi mano ese cuerpecillo sin aliento mientras camino, toco su suavidad que no pesa, su quietud terrible. La dejo con delicadeza sobre una piedra, al sol, pero protegida de miradas peligrosas. La acaricio con uno de mis dedos.  ¿Acaso espero que no esté muerta? ¿Espero un truco? ¿Espero un milagro...? Mientras camino de vuelta al zendo mi corazón pesa, mojado de tristeza, incomprensible para cualquiera, sobre la palma de mi mano.

 

Durante el zazen algo viene a mí. Algo difuso y agridulce como una melancolía antigua. Intento centrarme, dejarlo pasar, pero vuelve una y otra vez. Está en el ladrido desganado de un perro, lejos, en el viento que está, que no está, en la sombra repentina de una nube, solitaria en el cielo de verano. Qué. Qué es. No logro saber, no logro recordar. Y sin embargo está aquí.

Por la tarde voy a colgar mi toalla fuera. Mi pelo mojado se mueve en el viento cálido que llega y se va. Camino hacia la piedra donde deposité la pequeña lagartija esta mañana. No está. El viento de verano pasa y se lleva el agua de mi pelo sin que yo apenas me de cuenta.

 

Tantos días llevo aquí, con sus noches, esperando el susurro en la brisa, tu llamada… Tantas noches aquí, con sus días, siendo ola en tu mar, agua, sólo agua, que viene, va, que brilla y se apaga, que siempre aguarda. ¿Cuánto tiempo llevo en esta tierra escuchándote sin escuchar, viéndote sin ver?

En el zendo, por la tarde, tras apagar la vela un hilo de humo revolotea en volutas en la penumbra un momento antes de hacerse penumbra. Y el olor a cera poco a poco se hace aire y luego otro olor y luego otro. Y ahora, al fin, el silencio se hace silencio.

Salgo del zendo, despacio,  y entro en la luz del atardecer.

 

 

brisa estival,

sólo entre los chopos

este susurro…





囁き sasayaki II

 

Camino sobre la luz, sobre la luz que calienta el tatami bajo cada uno de mis pasos. En el samu limpio, paso el aspirador, organizo… saco a la calle un saltamontes de la contraventana antes de poner la mosquitera… Aquí es fácil todo. Hago lo que debo hacer, sin más.

Por la tarde descanso echado sobre el tatami del corredor. Me estiro, me levanto, camino despacio alrededor del zendo. Bajo mis pies siento el calor que dejaron los que estuvieron descansando también sobre el tatami. Como las huellas de una luz invisible. Vuelvo a sentarme en el suelo. Las ventanas cerradas para evitar el calor mantienen el corredor en una vaga semipenumbra. Mis compañeros pasan a mi lado caminando en silencio y siento en mi piel el aire que remueven a su paso, ligero, tibio.

 

¿Ante qué se postró anoche mi alma? Ante el futón y algo más, algo más allá de todo. Como un ladrón en la noche que llegó, y yo no me di cuenta. Pero algo en mí sí se dio cuenta, algo más allá de mí mismo, más allá de todo. ¿Qué, quién, reconoció a quién, a qué?

 

Sopla un fuerte viento ahora, tras la cena. Sé que si espero al ladrón, él se dará cuenta y no vendrá. Lo sé pero no puedo evitarlo. Esperar, anhelar. Pero la revelación pasó. Y mi voluntad llega hasta un límite, más allá, sólo me queda la disponibilidad. Y confiar. Confiar siempre. ¿Fe? ¿Si esto es fe es el eco de otra fe?

El viento cálido del oeste mueve las hojas de los chopos. Eco sobre eco, amarillo y verde, el viento, el viento siempre.

Abejorros, abejas, avispones, zumban entre el espliego y el hinojo. En la finca de al lado un gatito juguetea con una perro guardián de aspecto fiero.

Los hormigueros están aquí y allá por todas partes. Rodeados de montoncitos de cáscaras de cereales y gramíneas. En uno de ellos hay dos caparazones secos de escarabajo. Me agacho. Un escarabajo que parece igual merodea alrededor del hormiguero. ¿Por qué? A veces una hormiga le muerde una pata, otras veces, otra se le sube encima hostigándolo. Le bastaría huir pero no lo hace. Parece buscar algo bajo el montoncito de escombros. A veces parece huir con varias hormigas encima, pero vuelve. Y de pronto, atacado una y otra vez, se mete él sólo, decidido, en el  hormiguero. ¿Por qué?

Me incorporo. El viento cálido mueve mi pelo.

En otro hormiguero no hay movimiento. Me acerco. Como bolitas brillantes los cuerpos rotos de un  montón de hormigas se acumulan alrededor. ¿Qué habrá sucedido?

El viento sigue soplando incansable. Las nubes ¿se mueven? ¿sólo cambian? Un eco tan viejo como el mundo resuena en alguna parte de mí, oscuro y hostigado se pierde dentro de mi alma, muy en el fondo, en silencio. Donde siempre hay silencio.

 

En el último zazen del día mantengo la concentración. Un saltamontes o algo así aterriza de pronto en mi pelo. Lo siento moverse por mi cuello. No muevo un músculo. Quiero ser piedra, tierra. Pero mi pensamiento se hace agua una vez más y fluye descontrolado. Imagino, especulo sobre qué bicho puede ser. Empiezo a sudar. Un leve movimiento de mi mano y lo siento ir.

 

Suena el han en la noche y el sutra del final del día parece un eco de la propia madera. “Vida y muerte son un asunto serio” “nadie sea descuidado, nadie olvidadizo” Vida y muerte, muerte y vida. Ambos son la forma de algo que subyace en todo, de algo que está más allá de todo y que lo sustenta.

Hago el futón con atención. Pero pienso, intento, rememoro. Inútil. El ladrón no viene. No vendrá.

No puedo olvidar a ese escarabajo en el fondo del hormiguero, en esta noche. El canto de los grillos es atronador esta noche. Hoy se celebra la transfiguración, lo que siempre fue luz, por fin se mostró como luz. En esta noche.

 

 

Hoy el sol es sol. El aire aire. Los cristales que limpio una y otra vez como si estuvieran sucios, el olor de la cocina, un reflejo en el vaso de té, las vainas de retama… hay una belleza en todas las cosas, una belleza que ni siquiera es bella. Una belleza sin palabras, sin pensamiento, ajena a cualquier “belleza”, que lo impregna todo y hace que las cosas sean lo que son, que yo sea lo que soy. Aquí, ahora.

En el teisho seguimos con las enseñanzas de Keizan. El mar y las olas. La ola es agua y el agua ola. Movimiento y reposo. Las olas llegan a la orilla, rompen, y vuelven al mar, nunca se retirarán de él.

Fuera escucho el rumor del oleaje, el susurro del viento entre los chopos. Siento que algo profundo y delicado de mí mismo se disuelve en el aire. Puro, transparente, vacío.

 

Después de cenar ventilo el zendo, también forma parte de mi labor. Abro todas las ventanas del oeste y al sujetar las contraventanas por fuera aparece una esfinge colibrí. Revolotea y se posa en el borde de una contraventana. Me acerco pero vuela. Vuelve a posarse. Parece buscar algún hueco diminuto en la madera para recostar la cabeza. Me da miedo asustarla. Me muevo con mucho cuidado y vuelvo dentro. Quizá nunca antes he visto una esfinge colibrí posada.

Camino en el crepúsculo, despacio, hasta el hormiguero de ayer y allí está el escarabajo. O uno de sus semejantes. Y en un hormiguero próximo veo la misma escena. Acosado por las hormigas un escarabajo remolonea alrededor del montoncito de escombros del hormiguero. Levanto la vista y miro las montañas.

En el estanque veo varios esqueletos vacíos de ninfa de libélula. Son enormes. Agarradas todavía a los juncos que sobresalen sobre el agua. Cojo una y la observo sobre mi mano. Parece de cristal. Sus patas, su mandíbula retráctil, su cuerpo entero, lleno de nada, perfecto y vacío. Imagino la noche en que emergió del agua apenas unos centímetros aferrada a un junto para dejar de ser y volver a ser. Esa criatura que ya no existe, que es otra, que es ella misma.

Contemplo sobre la palma de mi mano esa noche que no vi y mi mirada se hace tan pura y vacía como la nada que sostengo. Sin palabras, sin juicios. Un silencio cristalino me atraviesa como la luz.

Subo la cuesta hacia el zendo y una enorme libélula revuelve el aire ruidosamente sobre mi cabeza. Y más allá la luna, y más allá las nubes del atardecer, y más allá el cielo vacío, siempre vacío.

Me acerco con cuidado, como un ladrón nocturno, y miro si la esfinge colibrí continúa descansando en la contraventana. No. Sí. Sí. Aún está aquí.

Tras el té de la noche resuena el han. Madera y madera, silencio y silencio. El han resuena en lo más profundo de mí y su eco viene y va ondulando mi alma que se deshace en el viento que rompe entre las hojas de los chopos y se aleja, y vuelve, y nunca se retira. El han… y ahora los grillos… y más allá de todo el silencio puro de la noche.

¿Seguirá la esfinge colibrí aquí? ¿Al otro lado del muro? ¿Conmigo?

 

el han, su eco…

se disuelve el silencio

entre los grillos