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¡Ultreia peregrino!
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muEl espíritu que acepta la nada posee el encanto del vacío.
雲がちぎれるとき kumogachigirerutoki“Último día. La lluvia afuera me llena de una melancolía infinita. Rebosa en mí como la propia lluvia. Hoy, último día de tantas cosas, lo presiento. Organizo la maleta. Papeles, regalos, postales… De nuevo astillas del próximo naufragio. Suena música de Shumann. Pienso. ¿Qué hace que algo imperfecto sea excelso?” Así terminan mis notas del viaje de hace unos meses. Mi aventura por California, Arizona, Washington, México… la ruta 101, la mítica 66… Astillas, briznas, lluvia sin lluvia que rebosa aquí, ahora. No sé por qué esta tarde releí esas notas, no sé o quizá sí sepa. La lluvia de verano suena hoy como lluvia de primavera. De primavera temprana en el sur de California. Miro las nubes, las nubes recorriendo el mundo, y por un momento se desliza sobre mí el esplendor de aquellos días. Primero se borran los detalles. Los detalles. Aquellos detalles que propuse no olvidar nunca. Aquellos detalles se han ido disipando en mi mente, como las nubes blancas en el cielo azul. Pero algo persiste en mi mente, algo difuso e imperfecto, algo sin nombre. Quizá el olor de la lluvia, ese olor… En mi mente, vacía y azul… aquí, sin más, la sombra del avión sobre la nubes En la tiniebla del avión toco la persiana de la ventanilla. Quema. Imagino la luz intensa del sol iluminando el otro lado de la ventana, en un día infinito al que no alcanza jamás el atardecer. Subo un poco la persiana. Una luz refulgente me ciega por un momento. En el cielo también hay mares. Contemplo las olas blancas llenando una extensión que se pierde en el horizonte. Las olas de un mar que parece no moverse. El avión pierde altura y las nubes se convierten en montañas, castillos, enormes formaciones brillantes que pasan junto a mí. Entorno los ojos y mis dedos tocan el cristal. Pareciera bastar con alargar la mano para tocar el blanco absoluto, la lluvia. En un momento pasamos del sol a las nubes y de las nubes a la tierra. El día soleado, el día nublado, el día lluvioso. En el aeropuerto de Atlanta miro las nubes. Aquí, sin más. ¿A dónde me iré sin ti? Si tomare las alas del alba y habitare en el extremo del mar, aún allí me guiará tu mano. ¿De dónde nace el silencio perfecto que me rodea? Las secuoyas gigantes de Kings Canyon parecen contemplar mi insignificancia y guardar silencio. Camino unos pasos sobre la nieve, patino, me deslizo un poco. A veces un pájaro carpintero golpea en algún lugar del bosque. Mis pasos, su eco, su golpeteo, su eco. Camino y suena, me detengo y el silencio. Un silencio que me desgarra como un grito. Su eco en mi corazón, su eco que resbala desde las hojas escurriendo por el tronco rojo y atraviesa la nieve hasta las raíces de mi corazón. Espero. Grabo con mi cámara. ¿Qué? ¿el pájaro carpintero? ¿los troncos rojizos e inmensos? ¿las hojas verdes y oscuras? ¿el silencio? Miro arriba, una y otra vez. Arriba y más arriba, hasta que las hojas verdes se hacen cielo, en un lugar más allá de mis ojos. Rodeo los troncos. Decenas de huellas, mis huellas, alrededor de un solo tronco. Inmenso. Esta catedral gigantesca… esta oración de siglos… ¿a qué dioses invocará? Casi todos los árboles tienen las marcas de los rayos. Cuántos rayos a lo largo de siglos habrán caído aquí. Imagino esa luz deslumbrando una y otra vez la profundidad del bosque. Esa luz. Miro el tranquilo atardecer que se esparce sobre la nieve. Inspiro profundamente el aire que huele a conífera. Un retazo de su aliento penetra mis pulmones diminutos. Sólo un instante. Aquí, pareciera por un momento que camino entre la eternidad. Pero sólo es un espejismo. Las secuoyas gigantescas y las montañas son tan efímeras como la nieve, como mis ojos, asombrados ante ellas. Alégrense los cielos y goce la tierra, brame el mar y su plenitud. Regocíjese el campo y todo lo que en él está; entonces todos los árboles del bosque rebosarán de contento, delante de quien vino, porque vino a juzgar la tierra. Mi cumpleaños. Contemplo el Gran Cañón del Colorado y pensar en años me parece ridículo. Esta inmensidad hecha de roca y tiempo se abre ante mí como un cielo vacío. Las nubes grises vienen y van y los colores cambian entre rojos, ocres, blancos, marrones… Y la nieve bordea los desfiladeros y cubre los árboles retorcidos. Me asomo y mi mirada se despeña millones de años hasta el fondo de un río que se intuye porque apenas se ve. Mi corazón sobrecogido sobrevuela esta inmensidad de nada junto al vuelo de los cuervos. Contemplo hipnotizado el pasado. Sé que algo de mí ya estaba aquí cuando el río Colorado serpenteaba por lo que ahora es el borde del desfiladero. Siento tan claramente como la nieve que toco que yo estaba aquí cuando cayó la primera gota de la primera lluvia. Cuando la primera piedra se desprendió con el estrépito del silencio, del lugar donde nadie oye porque no hay oídos, y cayó al fondo del río. Recorrí este cielo con la primera ráfaga de viento y toqué las primeras hojas del primer árbol. Cuando las cosas nacieron y aún no tenían nombre yo ya estaba aquí. Una brisa gélida araña mi cara y arrastra mi nombre. Contemplo. Escucho. Estoy aquí. Y sé que no olvidaré este momento que ya no es. Un ruido entre las ramas me hace girar la cabeza y veo un ciervo que camina parsimonioso sobre la nieve. Sus delgadas patas se hunden en esa blancura que ahora brilla al sol. Se detiene, me mira con una pata delantera flexionada en el aire. Acostumbrados a la gente mantiene la mirada de sus ojos oscuros y brillantes. ¿Te mantendrás tú en mi recuerdo? ¿Tú y este instante? Quiero creer. Quiero un “siempre” Pero… pero sé que ni siquiera el Gran Cañón ya, en este momento en que le doy la espalda, el Gran Cañón que acabo de contemplar convertido en puro asombro es ya el mismo. Vuelvo a acercarme al desfiladero y oigo a mi espalda un rumor de ramas que se desvanece sobre la nieve. Porque mil años delante de tus ojos son como el día de ayer, que pasó. Como la hierba que crece en la mañana. Que crece y florece. Y a la tarde es cortada y se seca. Como un torrente de agua. Como un sueño. El avión. En medio de una noche inmensa que parece envolver el mundo entero los rayos de una tormenta lejana centellean aquí y allá, sin parar, entre las nubes. Es la primera vez que veo una tormenta desde arriba. El cielo se aclara y las luces de las ciudades son como galaxias geométricas extendidas allí abajo. Las luces palpitan como ascuas de una hoguera gigantesca. Amanece. El avión pierde altura y se balancea suavemente, y la luz que entra por mi ventanilla recorre el interior de la cabina de pasaje. El asiento, el pasillo, el techo… Y después las nubes. Las imperfectas nubes rebosando este mundo. nubes de verano, se deshace el cielo al atardecer 月見 tsukimiAntes de que desaparezca. Antes de que todo se convierta tan sólo en el recuerdo de un recuerdo. La noche, oscura, tan oscura hasta que salió la luna y el rumor del río, incesante, invisible, llenando esa oscuridad. Ese rumor de un rumor, el eco de otro eco… Salgo de la furgoneta, no puedo dormir. El contorno de uno de los picos es ahora más oscuro que la propia noche. Detrás, la luna. Poco a poco la luz blanca infiltra la noche. Es al principio mera insinuación, ahora deslumbra. Contemplo la luna llena. Pareciera que la brisa se hace blanca, más fresca, en esta noche junto al río Cares. Su rumor es ahora espuma, embravecido deslumbra su estruendo entre las rocas. Tan altas las montañas, su mole de tiempo, que me siento un pequeño guijarro que arrastra el río. Apenas un suspiro en esta noche de piedra. Sobre una piedra brilla a la luz de la luna el rastro de un limaco. Miro ese diminuto sendero plateado de una criatura que pasó junto a mí sin darme cuenta. Un oscuro limaco como la noche pura que no miró la luna, que ni siquiera se dio cuenta de que yo estaba allí. Sólo contemplar. ¿Dónde estará ahora mi alma? Felicidad y desdicha, amor y odio, cuerpo y sombra, calor y frío, gozo y cólera, yo y otros. El placer de la poesía es el sendero hacia el infierno. Pero, detente y mira: ciruelos floridos, flores de melocotonero. Jugando a escribir Ikkyû Sôjun El sol en lo alto traza sombras inmensas, oscuras, sobre la tierra. Estas montañas gigantescas poseen un silencio de piedra que sobrecoge. Camino junto a un desfiladero entre la pared de roca y el vacío, entre el sol y su brillo, allí arriba, y el río y su rumor, abajo, tan abajo que ni siquiera puedo verlo cuando me asomo al borde del precipicio. Pienso en apuntar todo esto, en sacar fotos, ¿en atrapar? Qué podría yo atrapar, brizna de viento, con unas pobres palabras… Sólo camino. A veces unas chovas pasan volando muy cerca, tan cerca suspendidas en el aire cálido, que veo sus plumas negras brillantes agitándose con la brisa. Sus gritos y los ecos de sus ecos van y vienen una y otra vez entre las cárcavas. Volar. Sólo volar. Pienso en ello y por un momento parece el aire más ligero sobre mi piel, y más libre. Extiendo los brazos, abro las manos, separo cada uno de mis dedos… Vientecillo de junio…. Caricia, promesa… ¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la tierra? Házmelo saber, si tienes inteligencia. ¿Vuela el gavilán por tu sabiduría acaso? Tumbado sobre la hierba, en lo alto de un collado, siento la sabiduría de las flores que me rodean, violetas, prímulas, campánulas, diminutos orquídeas silvestres… ¿en qué pensaran los pensamientos? Aquí arriba apenas hay árboles. Algunas encinas encaramadas a las rocas, quizá un pino retorcido extendiendo sus raíces en el vacío, separando cada una de sus raíces, como si pensara volar… Y las nubes, allí arriba, las nubes hechas jirones, convertidas en insinuaciones de nubes. Como niños que juegan con las nubes buscamos formas en sus no-formas. Quizá un pez, o un conejo tal vez. Reímos. Reímos como hojas que mueve el viento, como un riachuelo que brinca entre las piedras. Como niños que juegan. Una esfinge colobrí se detiene un instante a libar en una flor junto a nosotros. Se mantiene estática en el aire, parece una nube. Aquí está cuando ya se fue... Y las nubes, allí arriba, en el cielo, siguen pasando... Y ahora silencio. Tumbados sobre la hierba de junio guardamos silencio de siglos como las montañas. Este silencio que lleva aquí milenios. Este silencio que está aquí desde el principio de todas las cosas. Este silencio… Antes de ver los saúcos llega hasta nosotros su aroma. El valle. Las cascadas blancas, como luz de luna que huye, inundan el aire de humedad. Recuerdo ahora el tacto helado del agua en mis pies. Camino descalzo, dando tumbos entre las piedras, y el frío es tan intenso que duele. Junto a la orilla me siento en una piedra contemplando el agua que pasa, que fluye frente a mí sin mirarme. Contemplo mis pies descalzos. Separo los dedos. El sol se filtra entre las hojas que ríen. Alisos, sauces, álamos, fresnos… Como niño que juega, así el sol viene y va entre las hojas y toca mi piel. Descalzo. Camino descalzo sobre la hierba, tan suave que por un momento envidio a los gatos que caminan de noche, descalzos sobre el mundo, en silencio. Una oruga se mueve despacio junto a mí cuando vuelvo a calzarme. Sus pelos claros brillan a la luz del sol. Suave y delicado es su cuerpo entre mis dedos. Contemplo ahora su belleza natural y simple, siento su alma de silencio sobre la palma de mi mano. Contemplo la mariposa que vendrá, que de hecho es. Mi mano, su cuerpo, nuestro ahora. No sé que decir. No sé qué pensar. Suave y delicado, simple y natural, como la naturaleza entera que me rodea, que me constituye. Estas montañas, este río, las alas de la mariposa que aún son pelillos brillando al sol…. ¿de dónde viene esta belleza espontánea? ¿quién creó esta belleza que ni siquiera es bella? Nada ahora. Antes de que todo esto desaparezca de mi recuerdo, recuerdo de un recuerdo… Escribo. Contemplo la luz de la luna, de una luna que ya no es esa luna. Que nunca es ni será esa luna. Contemplo ahora mi alma salvaje que contempla la luna. ¿A qué pretendo aferrarme? El sendero hacia el infierno… Me detengo. Miro. Sólo miro… la luz del alba, el limaco y su sendero se hicieron nada 春の雨 haru no ameCuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, juzgaba como niño; más cuando ya fui hombre, dejé lo que era de niño. Es como si se deshiciera, la tarde, el mundo, ahí, tras el cristal. Con cada gota que cae, con cada gota de agua, de lluvia, de nube, que escurre perezosa al otro lado del cristal. En este lado, dentro, mi dedo recorre lánguido el sendero de agua que traza la gota. Es como un gusano transparente esa gota. A veces serpentea como por capricho, a veces acelera, a veces parece dudar, casi se detiene... hasta por fin reanudar su recorrido y caer y caer hasta el alfeizar de la ventana. Y mi dedo, aquí, en el otro lado, acompaña ese viaje, trazando silencioso garabatos en el cristal. La tierra arcillosa amarillea en el solar que hay frente a mi ventana. Al otro lado del cristal, al otro lado de la lluvia. Pronto construirán. Supongo. Hace un par de primaveras aparecieron unas pequeñas acacias, como de la nada, y ahí están, reverdecidas de nuevo. Las acacias, las huellas de las máquinas sobre la tierra, el muro de ladrillo… Cuanto más quieto está mi espíritu más percibo el movimiento de las cosas que son, que están. Que sólo son, que sólo están. Y que sin embargo no dejan de moverse. No deja de caer, sin cesar, la lluvia de primavera. Me gusta sentarme en el suelo, sobre la madera, y mirar por el ventanal, tan bajo que casi llega hasta el suelo, como cae la lluvia. Pareciera que espero algo entre las gotas que caen. Pregunto pero nadie contesta, nadie en mí, nadie. Las persianas subidas hasta arriba, me gustaría subirlas hasta las nubes grises si pudiera. Y contemplo. Allí arriba estas gotas que caen son tan invisibles como mis pensamientos. Hasta que llegan a mi mundo, aquí abajo, ¿qué pensarán las gotas de lluvia? ¿qué esperarán encontrar aquí?. Visibles al otro lado del cristal ya no sé si son lluvia. Agua. Quisiera tocar con mi dedo ese agua del cielo, recorrer su camino más allá del cristal frío, más allá del aire. Me gustaría por un momento ser lluvia. Si pudiera. De pie, entonces yo no alcanzaba apenas el alfeizar de esta misma ventana. Casi de puntillas me gustaba mirar fuera, hacia el camino que mi padre recorría al volver del trabajo. Cuando él se acercaba, aún lejos, me saludaba con la mano y yo entonces lo reconocía y le saludaba con mi mano. Qué diminuta debía ser aquella mano. Qué pequeña, qué lejos. Apenas recuerdo esperar nada entonces. Pareciera que no esperaba nada, aunque esperaba. Sólo recuerdo su mano y mi mano. Ese momento, preciso y claro, a ambos lados del cristal. Su mano… Lluvia de primavera. Lluvia que no deja de caer. Desde cuándo. Mi mano. Aquí está esta mano que en parte es su mano. Mi mano surcada de líneas como huellas de lluvia. En silencio recorro con mi dedo esas líneas que son como pequeños cauces secos de una lluvia lejana y diminuta que cayó hace tiempo. Como pensamientos invisibles las gotas de lluvia recorren mi espíritu que está quieto y contempla. ¿Desde cuándo llueve sobre mis manos? ¿Qué es esta lluvia sin agua que no deja de caer? ¿Te conozco? ¿Nada tengo? Invisible el tiempo que separó mi mano de su mano, mi mano de aquella mano que saludaba aquí mismo y que ya no se si es la misma mano. Quisiera tocar con mi dedo las líneas de aquella mano diminuta, recorrer lánguidamente los pequeños cauces de lluvia, cálida y tenue, de primavera. Me gustaría por un momento ser él. Y estar aquí de pie. Si pudiera. gota tras gota el agua del charco más amarilla 四十九 shijuuku Es sólo un instante, siempre, sólo uno. Este. Contemplo la sombra que ondula sobre la corriente que fluye. Mi sombra que contempla. Siento la presión del agua en mis piernas, su frío a través de las botas de goma. Levanto la caña con mi mano derecha, con mi mano izquierda saco línea del carrete. Un movimiento de muñeca y el señuelo, una mosca seca hecha de retazos de plumas, se eleva en el aire y deja el agua entre gotas que caen, que brillan. Destellos que casi son aire y el hilo rasga el aire. Lo escucho al sobrevolar mi cabeza. Por un momento siento en mi piel gotas de un agua que ni siquiera veo, agua o aire, o luz. Uno, dos, tres… mi muñeca, mi antebrazo, mueven la ligera caña adelante y atrás, la línea se extiende cada vez más allá, sobre el río, hasta que la dejo caer nuevamente sobre su superficie. Mi mano izquierda sostiene la línea mojada por este agua de río que me envuelve. El señuelo flota sobre la corriente entre destellos del sol, se acerca a mí, atraviesa la sombra que ondula, que contempla, mi sombra. Contemplo ahora ese preciso instante en que hasta Buda ha enmudecido de asombro, todo gira rítmicamente, me poso en la llanura de la nada. Tetto Giko Es sólo un instante, el sol entre las hojas nuevas, el pinzón que atrapa un insecto en el aire, la gota de agua que resbala entre mis dedos. Un cangrejo señal camina parsimonioso sobre el fondo de grava. El agua es tan cristalina que le veo pasar junto a mí manteniendo sus pinzas erectas frente a él, como abrazando el agua. Y las chicharras no dejan de cantar. Y el viento entre las hojas, este viento que trae y lleva luz sobre mi rostro. Este viento que llega hasta el recodo más profundo de mi alma que fluye aquí, ahora, y sabe a río justo al otro lado de mi piel. Sólo un instante en las alas del abejaruco. Un batir, dos, y planea y planea con sus alas puntiagudas como una pequeña cometa de colores en este aire de atardecer, en este aire tibio. Este aire… entre los juncos y las espadañas… entre mi cabello… Qué contemplarán las ranas, ahí sentadas, con sus ojos abiertos, siempre, esos ojazos, saltones como sus pies. En la orilla, junto a los juncos que se mecen, como niñas serias sentadas sobre el suelo, ¿me contemplarán a mí? despacio, despacio se aleja de la orilla el junco roto Oh, este instante, que pasa y se arremolina junto a mí, como el río entre mis pies. Su presión, su frío. Este atardecer que cae sobre mí y todos los seres que junto a mí están aquí. Cada cosa que hay aquí, animal o planta, o piedra, sonido o sombra y eco, pisada o trazo en el aire y agua y su rumor, y el rumor de su rumor… todo, es nada ahora... Este instante en el que está todo y no hay partes. Una culebra traza eses mientras nada hacia la orilla. Justo delante de mí sale del agua entre las hierbas de la ribera. Se detiene. Me agacho y toco su piel marrón. Es áspera. Áspera. Su piel… Desaparece entre la hierba como una duda. Enmudezco de asombro. Este preciso instante. ¿Desde cuándo este preciso instante resuena en el fondo de mi alma? Son los murciélagos. Rozan el agua a mi alrededor. Sus chillidos agudísimos penetran la brisa entre el bosque y el río. Es la noche que ha caído aquí y nos ha hecho río y aire y alma, oscuros y llenos de ecos y sonidos. Los grillos, las ranas, los murciélagos, las mil criaturas que gritan y callan en esta noche que brilla. Y el río calla. Contemplo ahora la sombra del mundo que ondula en mí, en este yo que fluye y no es mío. El áspero destello de la nada. de pronto la noche, el río y su murmullo se desvanecen 一筋の光 hitosuji no hikari
Recuerdo
San Juan de Ortega apareciendo diminuto al pie de las colinas. El camino
serpenteando suavemente, dejándose caer hasta los pocos tejados rojizos que
aparecen aún lejanos entre los árboles. No
hace un año de aquello y ya parece que sólo lo soñé. Recuerdo nuestra charla que iba y venía como el viento de junio entre los pinos. El camino era cómodo y caminábamos animadamente, sin sentir apenas el peso de las mochilas sobre la espalda, de los kilómetros en los pies. Charlábamos de literatura japonesa, lo recuerdo bien, porque los grillos y las chicharras no dejaban de cantar entre la hierba. Algunos, los más cercanos al camino interrumpían su canto al sentir nuestros pasos y luego volvían a reanudarlo. Y su canto y nuestros pasos se iban alejando… Lo recuerdo bien porque las alondras trinaban en el aire, remontando el vuelo y dejándose caer, como el juguete de un niño. Y recuerdo que me gustó su nombre en japonés: “hibari”. A veces, lejos de allí, lejos de entonces, cuando oigo el canto de los grillos y las chicharras entre la hierba me acerco sigiloso, como un gato que caza, como un niño que juega, hasta que su canto cesa y yo detengo mis pasos. Y me mantengo así, inmóvil, como de muestra, hasta que su canto retorna y yo me voy, alejando mi sonrisa de su canto. Recuerdo las hierbas altas que crecían a lo largo del camino, tan similares a la “susuki”, la hierba flotante de tantos poemas clásicos japoneses. Ah… cómo recuerdo aquellas hierbas blanquecinas y altas que el viento movía produciendo olas cambiantes de color, de brillo. El viento entre mi pelo, refrescando mi piel, deslizándose entre mis manos abiertas. Y recuerdo nuestro silencio repentino, cuando avistamos por fin los tejados de San Juan de Ortega, allá abajo, entre los árboles, más allá de los campos de cereal. Nuestro silencio.
Frente al albergue, tumbado sobre la hierba, descanso. Al lado está la iglesia del famoso “milagro de la luz” en el capitel de la anunciación. El agua de la fuente, la sombra de los árboles, la brisa suave que sisea entre las hojas… Y
de pronto una música, apenas brisa entre la brisa al principio, pero sí, música
de órgano... Viene de la iglesia. Me acerco despacio, la puerta está abierta,
entro, el frescor de una luz tenue me envuelve al instante. Un viejecito
encorvado sobre el teclado parece improvisar. Parece que no se ha dado cuenta
de mi presencia. Estoy ahí de pie, sólo, apenas visible tras una columna, no
quiero interrumpirle. Y entonces comienza a interpretar a J. S. Bach, la
cantata “Jesús, alegría de los hombres”. Me siento despacio sobre un banco. Las
notas ascienden en volutas hasta la bóveda de piedra y de allí vuelven a caer en
guirnaldas de hojas hasta las losas del suelo, cierro los ojos y las notas ascienden
y descienden una y otra vez como el vuelo de una alondra invisible que juguetea
sobre el coro y se enrosca en los capiteles, en los fustes de las columnas,
entre mis dedos que asen aire translúcido. Como llamados asisten los trinos de
los pájaros que llegan desde afuera y esa música que ya no es música ni trino
ilumina los arcos y el aire, y devuelva a la vida a las piedras. Se expande, se
mueve, palpita… Fuera, de nuevo tumbado sobre la hierba, mis dedos se mueven por encima de mi cara jugueteando con el sol, intentando asir algo que no se puede asir, dirigiendo una música que no se puede escuchar. Pienso en escribir algo, un haiku, aunque sé que no lograré escribirlo nunca. Recuerdo a Basho y su "Matsushima ah, ah… Matsushima…" Sigo entrelazando mis dedos con los rayos de sol… Las campanas llaman a misa. Dos mujerucas del pueblo, tres peregrinos extranjeros entran a la iglesia. Entro de nuevo. El cura resulta ser el organista que escuché hace un rato. Ahora, viejecito y de pie, parece aún más frágil. Le falla la vista y las lecturas resultan ser casi ininteligibles. Se acerca la Biblia a la vista, se la vuelve a alejar, pero nada, no puede leer salvo frases entrecortadas. Los trinos de los pájaros entraban de nuevo en la iglesia, limpios, luminosos... y mi corazón… mi triste corazón…. En el albergue, el párroco ofrecía una sopa de ajo para los pocos peregrinos que allí estábamos. El buen hombre insistía en que repitiéramos. Se escucharon retazos de la receta en varias lenguas… Después ayudé a recoger la mesa, a guardar los platos, las cazuelas. Quería acercarme a él para charlar un poco. José María me dijo que se llamaba. Le estreché la mano, cálida, delgada, y le felicité por su música. “Música no, sólo hago ruido”. No es ruido, no es ruido… le dije yo. Él bajó sus ojos de niño tímido y sonrió.
Esta
mañana, de pronto, escuchando la radio, me enteré de la muerte hace unos días
de José María, el párroco de San Juan de Ortega. Algo en mí se quedó quieto
para siempre. Algo, de nuevo otra vez, que se rompe y se deshace sin susurrar
siquiera…
Recuerdo aquel atardecer, sí, apenas hace un año, sueño de siglos ya, sí, lo recuerdo porque los vencejos zigzagueaban en el cielo que se hacía noche como queriendo enhebrar la tarde que se iba. Masuhiro y yo charlábamos y charlábamos, sin prisa, queriendo detener también aquel día con nuestras palabras. Yo le explicaba la diferencia entre espadaña y campanario, esto y aquello, y cuando los chillidos de los vencejos casi rozaban nuestras cabezas nos quedábamos quietos y mudos, y los contemplábamos siguiéndolos con nuestra mirada. Recuerdo aquel atardecer porque la luna y venus brillaban en el cielo sereno con la última luz de la tarde, y entonces me llamó mi padre al móvil, y yo le conté que había conocido a un hombre, también muy mayor, pero que tocaba música maravillosamente, que tenía magia en sus manos y tenía luz en sus ojos… y que yo… yo… Ah…
cómo recuerdo aquella luz de la tarde que se resistía a perderse en la noche y
nosotros contemplábamos… y sin embargo algo dentro de mí ya sabía entonces que
una nube, en alguna parte, sin avisar, ya se estaba convirtiendo en agua, y el
agua en lluvia….
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